He tenido la ocasión, a través de un amigo compositor, de conocer y
escuchar diferentes composiciones de música electrónica, más conocida
como techno. Este género musical es lo más utilizado en unos
encuentros, organizados de forma bastante espontánea al aire libre, en
campos o en antiguas zonas industriales abandonadas en la periferia de
nuestras ciudades europeas. Se trata de los encuentros conocidos bajo el
término inglés rave party.
No era la primera vez que tenía la ocasión de escuchar este tipo de
música, pero fue probablemente la primera en que logré acercarme, sentir y hacerme una opinión sobre ella y sobre las emociones que la misma produce en las personas que la aprecian.
Generalmente para las personas de mi generación crecidas con el fondo
musical de U2, Police y otros grupos de la época, la primera vez que
escuchan la música techno les parece como algo bastante
repetitivo, sin alma. La persistencia de sonidos bajos con la misma
cadencia “bum, bum, bum, bum“ y la aparente falta de melodía hace que a
menudo se produzca cierto rechazo o en todo caso un desprecio a este
género.
Creo que a diferencia de la música de mi época que, sobre todo, hablaba a la cabeza, la techno
se dirige al cuerpo en su conjunto: la repetitividad de los bajos “bum,
bum, bum“ al cabo de un rato se trasforma en una especie de mantra
corporal o mejor dicho en un sonido muy familiar, el primer sonido que
todos hemos conocido, el sonido del corazón de nuestra madre cuando
estábamos en su vientre.
Es una música que habla más que a un cuerpo a “los cuerpos“ y no es
por casualidad que se organicen encuentros grupales para escucharla y
compartirla. Probablemente estos grupos reencuentran de esta manera
cierto sentido de pertenencia y comunión, pisando juntos al
mismo ritmo una misma tierra, con el único ritmo de un mismo corazón y,
por fin, un sentido de trascendencia que une como un hilo la Tierra con
el universo.
A diferencia del placer o la plenitud facilitadas por otras formas de
arte donde somos nosotros quienes decidimos si seguir o no viendo un
cuadro o leer un libro, simplemente cerrando o abriendo los ojos, la
música no nos pide permiso, penetra, es imposible cerrar los oídos.
Podemos irnos, cierto, pero si nos quedamos no tenemos todo el control,
debemos delegar, compartir, trascender de nosotros.
Si todo esto fuera cierto podríamos ver y comprender mejor
las motivaciones, las emociones que parte de estos jóvenes buscan en
esta música en estos encuentros evitando juicios y prejuicios.
En tiempos difíciles para la humanidad siempre hay personas que
intentan ir mas allá que las apariencias de lo superficial, como pasó en
los siglos que constituyeron el Medievo, en los que personas como Tomás de Aquino
lograron rescatar de las antiguas enseñanza griegas, pacientemente
recopiladas a manos de los monjes en el silencio de los monasterios,
“otra forma de grupo y comunión en busca de trascendencia“, las bases
filosóficas y del razonamiento sobre las que luego pudo desarrollarse el
Renacimiento y los fundamentos culturales de buena parte de la
modernidad de Occidente.
Confío que en estas generaciones también haya personas así. A veces las sorpresas surgen de donde menos se esperan.
Autor: LUCA FRANCESCHI
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